Blog de Sanatana Dharma

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"Sobre la muerte"

Caminar, caminar, caminar caminando. En esto se había convertido su vida en los últimos meses. Aprovechando la treguacipreses de la tormenta primaveral descendía por un camino atravesando el bosque de hayas y robles, algunos pinos, y poco a poco el bosque se fue aclarando y comenzaron a prodigarse los prados. Muros de piedra, ganado que pacía lacónicamente sin al parecer otras aspiraciones ni urgencias.

Ovejas, algunas vacas y caballos. La mezcla de la humedad del ambiente y el olor a estiércol flotaban en el aire.

Ciertamente parecía que el tiempo se había detenido en aquel lugar, que aunque transformado por la acción del hombre, agradecía en aquel momento su ausencia.

Seguía descendiendo y en un recodo del camino apareció el cementerio. Un gran ciprés jalonaba la entrada. Mirando desde la verja de la entrada, aquella sucesión de lápidas, de nombres y fechas que tenía la costumbre de restar para saber la edad de los finados.

La verja no estaba cerrada y pasó al interior, caminó por los pasillos y encontró restos de flores, lápidas con ángeles que como testigos mudos recordaban que la vida puede resultar tan absurda como para que la parca sacudiera por igual, niños y mayores, hombres y mujeres, confirmando el sino inexorable, el destino final de toda vida.

Al parecer el eterno descanso debía ser alegórico ya que había una zona removida, con restos entre el barro y la hierba, de antiguas lápidas que el espacio era reducido y necesario, cada cierto tiempo se desenterraban restos antiguos para habilitar el espacio a nuevos moradores.

Le resultó inevitable pensar en sus muertos queridos y recordó de ellos la vida que mostraron, la impronta con la que habían dejado huella en su vida. Le costó pensar en ellos como en ausentes del todo, cada uno de ellos había dejado retazos, jirones, frases, gestos, situaciones,...que ya formaban parte de sí mismo. No los podía borrar.

sobre la muerteEn muchos otros cementerios la necesidad había forzado la construcción de nichos; “Sit tibi terra levis¨, el viejo adagio ¨Que la tierra te sea leve¨, quedando negada la posibilidad de ser acogido por la tierra. Tierra de la que surgimos. Que nos ha criado, crecido, mantenido, imposibilitada la vuelta al barro, resulta una solución práctica pero descorazonadora.

Conocía el tabú sobre la muerte, algo natural, la muerte, no el tabú, para todo ser vivo; el vivía en una cultura en la que la muerte no se honraba, simplemente se padecía, se ignoraba, resultando incómoda en algunos casos la alusión al tema.

Musgo, piedra, verdín y sobre todo soledad, resultaba raro encontrar gente en los cementerios, exceptuando el “día de los santos” o los previos, en los que a veces se hacía una limpieza y se ponían flores, con suerte naturales, y en el caso de la gente práctica de plástico que duraban más. Dignificar a los muertos propios, que no aparecieran olvidados, que aun tenían familia que los tenía en cuenta y los honraba, aunque solo fuera ese día.

Que el día fuera socialmente aceptado como de los santos, significaba una suerte de amnistía general; después de una vida censurada, fiscalizada, vigilada, reglada,....por el amor de dios; de vivir bajo el régimen penal de el futuro juicio inexorable que determinaba las consecuencias de nuestros actos. Pecados capitales, mortales, veniales; pecado, culpa, castigo. Premio para los buenos, los mejor adaptados, obedientes. Castigo para los otros. Y eso habiendo vivido en el gulag de “parirás con dolor”. “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, el espíritu de la enmienda, el acto de contrición, la confesión de los pecados. Otros tiempos en los que no todos tenían derecho a encontrar reposo en tierra santa, algunos, muchos, extramuros.

Y los ministros..

Hermanas, sobrinas, primas, barraganas, niños, niñas,...objeto de abuso, de transgresión, de quienes siendo portavoces y representantes legales del poder divino, sometían, amedrentaban, humillaban, abusaban,...en una suerte de agravio, en una falta de coherencia entre su discurso público, desde el púlpito, y su vida de apetitos privados, como un ejercicio deleznable del poder.

Rememoró antiguos ritos, leídos, de otras culturas y tiempos, en los que la pira consumía los cadáveres, las monedas en los ojos para pagar a Caronte, barquero que realizaba el transporte en la Estigia , los compañeros gritando varias veces el nombre del caído, las palabras con las que recordaban, rescatando en la línea del tiempo, los hechos, el carácter, las guasas. Todo aquello que le hacía único e irreemplazable. Se honraba el dolor, sin subterfugios, sin paños blandos. También se ensalzaba, agradecía, el detalle, la circunstancia personal que el recién ausentado había tenido con quien alzaba la voz. Se cantaba, se le auguraba, deseaba, un buen Tránsito allí donde residían las almas, que ya no están aquí, están allí, están.... Y están.

Recordó a sus padres, pagando religiosamente todos los meses a una empresa funeraria, “El Ocaso”, ganando con ello los derechos al funeral, al ataúd, la tierra que le acogiera....Le parecía una broma pesada, de mal gusto. Pagar por morir, dejar pagado, pagado previamente. Las esquelas que en su zona llevaban además la foto, cosa que extrañaba a los forasteros. La familia recibe, la familia no recibe, padres, esposa, esposo, ahora viudo, viuda de tal, hijos, jas, nietos, familia política, y al final su director espiritual. El párroco supongo.

Ramos de flores, coronas con leyenda escrita, familia, compañeros de trabajo,...pudiéndose evaluar la sociabilidad o el aprecio de las gentes por el volumen de la floristería.

Dolor, dolor, duelo, en aquella cultura, oculta tras las gafas de sol, el gesto adusto, tras la mampara sedante del Trankimazín o algo parecido para que no se note.

Entregado el cadáver al silencio, a la oscuridad; la soledad de los últimos que se van del cementerio queda aún la vuelta a casa. Donde aún planea la presencia del pariente, las fotos, sus cosas, ropa, el sentimiento de una realidad impuesta que no nos ha pedido ni opinión ni permiso. La esperanza vana de que al abrir una puerta o encender una luz te encontraré allí todavía. Pero no, ya no estás.

Cuesta acostumbrarse a la ausencia, no solo por deceso, existenapuntes sobre muerte digna L 1YBRPx muchas otras muertes y todas necesitan su duelo. En algunos casos breve, en otros permanente, quedando ya marcados por la pérdida de “por vida”.

Resignarse, verbo muy cristiano, en otras palabras aceptar la realidad, aceptar el irse al traste tanta cosa, aceptar que me he guardado tantas palabras que te tenía que haber dicho, quizá de haberte valorado, o haber hecho más caso, o...mientras aún fue tiempo.

La vida se muestra como larga y breve, el amargo regusto de no haber sabido vivirla, de no haber hecho tantas cosas que hubiera querido, de haber perdido el tiempo. Tiempo, palabra mágica, de no haber sido tan prudente y miedoso.

Confieso que he vivido, confieso que estoy viviendo, y me acuso de estar vivo. Muy vivo.

Pero lo he estado siempre, no encontrando en muchas ocasiones la vía libre para ser eso, para hacer eso, que surgía de mis adentros y que es pura vida, con sus torpezas y sus brillos.

Normas, decálogos, miedos propios y ajenos se encargan, me encargo de confinarme en mi galería de situaciones frustrantes y frustradas, ¿Para que?, ¿Para quien?.

La verdad, no se como no nos volvemos locos, o más locos, no sé como no mandamos a la mierda tanta media tinta.

Parece que tememos a la muerte y a la vez tememos a la vida, tan simple, tan natural y espontánea ella. Necesitamos Certezas.

Y la única certeza es que vamos a morir, cuando sea, cuando llegue y me pregunto. ¿ Estoy ya muerto?

No.

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