Blog de Sanatana Dharma

Entendemos la comunicación, como el encuentro en lo común

¿ Ahora qué vamos a hacer ?...

anciano en lágrimasNos abrió la puerta un hombre de unos 80 años, enjuto y nervudo, aún con evidente recuerdo de lo que debió ser una presencia física imponente y nos invitó a pasar a los fríos profesionales que esperabamos en el descansillo.

 Varón, raza blanca, unos cincuenta años, fallecimiento en principio fortuito, por causa natural, pero el protocolo da comienzo de oficio. Forense, comitiva judicial, policía, sanitarios y funeraria. Era hijo del hombre que nos abrió la puerta.

 Al lado del anciano que nos dejó pasar pude observar a su mujer, de la misma edad, ella más disminuida, casi consumida, lo supe más tarde, por las inclemencias de la vida y por una depresión de largo recorrido.

 El varón fallecido era hijo de la pareja, murió de un fallo cardiaco, de manera rápida, cayó desplomado me dijo el padre con voz firme, mirándome a los ojos.  También me contó que tenían otra hija. ¿Dónde está? pregunté. En el Centro de Día, tiene parálisis cerebral y está allí hasta las cinco de la tarde; seguía con la voz firme, mirada limpia y directa a los ojos… continuó hablando, sereno, con la aceptación de quien sabe que no hay garantías para las incertidumbres del devenir y dijo que era su hijo fallecido quien se ocupaba del aseo y cuidado de su hermana. Ni un lamento, no hubo quejas, sí en cambio, un cansancio hondo y profundo en sus ojos.

Algo se quebró en mi garganta, la fría distancia con la que me protegía del sufrimiento ajeno en los primeros años de mi andadura profesional, habían dado paso a otra mirada, más humana, despenalizadora del dolor, que intenta ir y ver más allá… ver aquello que no quería ver…

 Quise mostrar algo de calidez y comprensión, posé mi mano suavemente, casi pidiendo permiso en su hombro y le hice ver el profundo respeto que sentía al observar su entereza y cuánto me estaba enseñando… en ese momento… rompió a llorar. Al presenciar la escena, su mujer se acercó y me preguntó, ¿ahora qué vamos a hacer? Guardé silencio sin saber qué decir. Su marido contestó, recuperando la firmeza en la voz: “seguir viviendo y cuidar de la hija que nos queda”

Supe de inmediato, que el anciano que tenía frente a mí rebosaba fortaleza y honestidad en el asunto del vivir, era un maestro, no había túnica ni grandilocuencia en su gesto, solo la sencillez de la aceptación… y me sentí pequeño, muy pequeño ante él.

 Para mí, es con esto que acabo de contar, con  lo que tiene que ver el verdadero yoga, saber vivir cuando las cosas van bien y todo me va de lujo y también cuando mi entorno se tambalea, cuando se me rompe el corazón, cuando la vida me hace añicos a base de realidad pura y dura, tozuda e insistente.

 Puede que se trate de enhebrar el hilo de mi existencia, en la aguja de una voluntad más grande que la mía y que teje un tapiz de circunstancias inesperadas y en ocasiones dolorosas para impulsarnos a crecer, ya que es el dolor el que nos vuelve humildes y reverentes ante la realidad.

 Dejo aquí, parte de un poema de Juan Ramón Jiménez que creo ilustrará mejor de lo que yo nunca podría, el mensaje de este post:

 Aditya.

 

“Quien supiera

 dejar el manto, contento

 en las manos del pasado

 no mirar más lo que fue

 entrar de frente y gustoso

 todo desnudo, en la libre

 alegría del presente”

 

 

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Sábado, 07 Diciembre 2019