Blog de Sanatana Dharma

Entendemos la comunicación, como el encuentro en lo común

El Monasterio y el Río.

El monasterio era un lugar que olía a cerámicas y a verde. Tenía largas varandas, tenía arcos en las claustroventanas, tenía suaves cuestas alrededor de sus huertas y jardines. En él había sol y había pequeñas habitaciones blancas donde los hombres y mujeres meditaban. Cada cual en su pequeña habitación, cada cual en sus propios círculos a través de jardines y huertas, descansando, laborando, contemplando. Cada cual en un cálido rincón de la biblioteca, escuchando y leyendo, empapándose de los afanes de búsqueda de tantos otros hombres y mujeres. Cantaban todos juntos, comían en silencio y en cuencos de barro. Vivían y sentían la presencia de Dios a ráfagas. Tranquilamente iban caminando. La vida transcurría plácidamente, las semanas se sucedían rítmicamente.

Aunque dentro de cada semana había un día diferente a los demás. Ése era el viernes. Cada viernes los hombres y mujeres del monasterio portaban sus grandes cántaros hasta el río. Para ello atravesaban los linderos del Bosque a través de hierbas y arenillas y llegaban hasta su orilla. Y allí estaban todas las gentes. Las gentes llenas de sonidos y sonrisas y salpicaduras y palabras al aire. Los hombres y mujeres del Monasterio se estremecían a ratos, temerosos del mundanal ruido. Pero no escapaban. La Verdad que buscaban en su Monasterio ahora les guiaba. Resonaban en ellos las risas del pueblo, acaloraban sus mejillas y agitaban sus almas. Luego, tras llenar sus cántaros, meditaban a orillas del gran río. Era en medio de las gentes, en medio del mundo abierto, expuestos y frágiles sin sus pequeñas habitaciones blancas, pero valientes y arropados porque se disponían anhelantes, confiados. Y aquellas meditaciones eran las más poderosas. En el medio de ninguna parte, junto al Rio fluido, ya no eran ráfagas de Dios, eran inundaciones.

Cuentan las gentes que algunos de ellos decidían quedarse a las Orillas del Río y hacer allí su nueva vida. De vez en cuando, algún viernes, alguien ya no volvía al Monasterio. Alguien se había enamorado de un campesino valiente, o de un gran fresno que crecía imponente. Y comenzaban una nueva Vida. Algunos de ellos eran absorbidos por el mundo y sus colores. Y su búsqueda de Dios se empañaba. Y se hacían gritones y se hacían nerviosos. Otros, sin embargo, seguían incesantes su labor, mezclados con el río, con las gentes, con las risas y los llantos, con los brazos que se aprietan y los besos que se besan. Y se turbaban a tramos, y a otros, se alegraban, regocijados, en sus meditaciones floreadas.

Todos los demás volvían al Monasterio, cuesta arriba con sus cántaros, fatigados a ratos. La noche del Viernes era de descanso, descanso ante tanto mundo y tanto cambio. Y comenzaban el sábado su suave rutina, con algo nuevo integrado, con una percepción quizás más fina. Otros, quizás, con una sensación confundida.

 No era un capricho personal si quedarse en el Río o volver al Monasterio. Era una llamada interna, una vocación del Camino. Servía el Río, servía quedarse, servía volver. Cada sendero tenía su forma de la tierra, su forma del agua, su forma del aire, su forma del Sol. Si anhelas Caminar, tu sendero te ayuda a avanzar.

LA MEDITACIÓN COMO ACTO DE AMOR.
 

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Domingo, 16 Diciembre 2018
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